Llevábamos una semana en aquel pueblo de la costa almeriense que parecía haberse detenido en los años setenta: casas blancas con buganvillas moradas, un paseo marítimo sin pretensiones y una playa de arena gruesa y dorada que a medianoche se vaciaba completamente. Habíamos alquilado una casita a cien metros del mar, con una terraza diminuta desde la que se veía la línea del horizonte, y cada noche nos dormíamos con el sonido de las olas como única banda sonora.
Aquella noche era especial. Luna llena de agosto, enorme y amarilla, colgada sobre el mar como un farol de barco antiguo. El chiringuito de Paco —cuatro mesas de madera, bombillas de verbena y la mejor fritura de la costa— cerraba a medianoche, pero nosotros nos habíamos quedado hasta el final, compartiendo la última botella de vino blanco frío mientras los demás clientes se iban marchando en parejas y grupitos.
Se ha quedado buena noche, dijo Paco mientras recogía las mesas, lanzándonos una mirada cómplice. Si queréis quedaros un rato más, dejadme las llaves debajo de la piedra de siempre. Nos guiñó un ojo y desapareció por el camino de arena que subía al pueblo, silbando una copla que el viento se fue llevando.
Nos quedamos solos. Completamente solos en una playa bañada de luz de luna, con el mar susurrando a veinte metros y una brisa tibia que olía a sal, a algas y a verano. Ella se quitó las sandalias y enterró los pies en la arena, suspirando de placer. Llevaba un vestido de algodón blanco —de esos sueltos, sin forma definida— que la luna convertía en algo casi transparente, y debajo la silueta de su cuerpo moreno por una semana de sol se dibujaba como una promesa.
¿Vamos al agua?, preguntó con esa sonrisa traviesa que le conocía desde el primer día y que seguía teniéndome el mismo efecto devastador. No esperó respuesta. Se levantó, se sacó el vestido por la cabeza con un movimiento fluido y caminó hacia el mar en ropa interior. La luna la iluminó entera —los hombros dorados, la curva de la cintura, las piernas largas y firmes— y yo me quedé un segundo paralizado, golpeado por la belleza de aquella imagen: una mujer caminando hacia el mar en una noche de agosto, libre y radiante.
La seguí. El agua estaba perfecta, tibia como un baño, y las olas eran apenas un murmullo suave que nos mecía. Nos sumergimos hasta la cintura y ella se dejó flotar de espaldas con los brazos abiertos, mirando la luna con una expresión de paz absoluta. El agua lamía su piel como una lengua transparente y yo me acerqué nadando despacio, como quien se aproxima a algo sagrado.
La rodeé con los brazos y ella se dejó abrazar, envolviendo mis caderas con sus piernas. Bajo el agua, nuestros cuerpos se encontraron con una naturalidad fluida que solo el mar permite: sin peso, sin fricción, sin esfuerzo. La besé con sabor a sal en los labios y ella me devolvió el beso con una intensidad que hizo que el agua a nuestro alrededor pareciera hervir.
Había algo primitivo y liberador en estar allí, en plena naturaleza, sin paredes ni techos, con el cielo estrellado como única cubierta y el mar como única cama. Las inhibiciones se disolvían en el agua salada como azúcar en limonada. Nos besamos, nos acariciamos, nos exploramos con la libertad de quienes saben que nadie puede verles ni oírles más allá de las olas.
Salimos del agua riéndonos, chorreando, tropezándonos el uno con el otro. La arena estaba tibia por el calor acumulado durante el día y nos tumbamos sobre la toalla grande que habíamos dejado extendida junto al chiringuito. Su piel mojada brillaba bajo la luna como si estuviera cubierta de diminutos diamantes. Le sequé las gotas de agua del vientre con los labios, una a una, y cada gota tenía un sabor diferente: sal, sol, deseo.
Ella me atrajo sobre su cuerpo y sentí la arena caliente bajo mis rodillas y su piel fría del mar bajo mi pecho. El contraste —calor abajo, frescor arriba— era una sensación nueva que multiplicó todo lo demás. Le besé el cuello, el hueco de la clavícula donde se acumulaba un charquito de agua de mar, el espacio entre sus pechos donde su corazón latía con fuerza contra mis labios.
¿Aquí?, pregunté, aunque la pregunta ya tenía respuesta en la forma en que sus caderas se movían contra las mías. Aquí, confirmó, y su voz sonó como las olas: suave en la superficie, poderosa debajo. Ahora. Con el mar y la luna de testigos.
Hicimos el amor en la playa con la lentitud que solo permite la certeza de que nadie va a interrumpirte. Las olas marcaban un ritmo al que nuestros cuerpos se fueron acoplando sin proponérselo, un vaivén natural y profundo que subía de intensidad con cada oleada. La brisa acariciaba nuestras espaldas y la arena se pegaba a nuestra piel mojada, y nada de eso importaba porque el mundo se había reducido a nuestros cuerpos, a nuestras bocas, al sonido de nuestros nombres pronunciados entre jadeos.
Ella clavó los dedos en la arena cuando el placer la alcanzó, arqueando la espalda con un gemido largo que se mezcló con el rumor del mar y se perdió en la noche. Y yo la seguí segundos después, con la cara hundida en su cuello, respirando su olor a sal y a verano, sintiendo cómo la tierra y el mar y el cielo se convertían en una sola cosa enorme e incandescente.
Después nos quedamos tumbados boca arriba, con las manos entrelazadas y los ojos perdidos en la vía láctea que cruzaba el cielo como un río de leche luminosa. El mar seguía ahí, leal y constante, lamiéndonos los pies como un perro grande y manso. Una estrella fugaz cruzó el firmamento y los dos la vimos pero ninguno pidió un deseo, porque no había nada que desear que no tuviéramos ya en aquel preciso instante.
¿Podemos quedarnos a vivir aquí?, susurró ella. ¿En esta playa, en esta noche, para siempre? Le besé la sien y no contesté, porque ambos sabíamos que aquella noche ya era para siempre, grabada en la memoria con tinta de sal y luz de luna, imposible de borrar, imposible de repetir, perfecta precisamente por eso.
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