Habíamos perdido la costumbre de mirarnos. Siete años juntos, dos hijos, una hipoteca y esa rutina que va royendo el deseo como el agua desgasta la piedra: lentamente, sin que te des cuenta. Fue ella quien propuso la escapada. Una noche solos, sin relojes, sin alarmas. Solo tú y yo. Lo dijo como quien lanza un salvavidas, y yo me agarré sin pensarlo.
La suite estaba en la planta catorce de un hotel del centro. Ventanales de suelo a techo con la ciudad extendiéndose hasta el horizonte, un millón de luces titilando como si el universo entero hubiera decidido parpadear para nosotros. Sobre la mesa, una cubitera con champán y dos copas de cristal fino. Todo estaba preparado, y sin embargo nada me había preparado para lo que vino después.
Ella entró al baño con una bolsa de la que no me había dejado ver el interior. Dame cinco minutos, pidió con una sonrisa que no le veía desde nuestro primer viaje juntos. Me serví una copa y me acerqué a la ventana. La ciudad bullía allá abajo, ajena a lo que estaba a punto de ocurrir en aquella habitación.
Cuando la puerta del baño se abrió, me giré y el champán estuvo a punto de resbalárseme de la mano. Llevaba un conjunto de encaje negro, delicado como una telaraña, que dibujaba cada curva de su cuerpo con una precisión obscena. Un liguero sujetaba medias de seda que terminaban en unos tacones que la hacían cinco centímetros más alta y un siglo más peligrosa. Se había soltado el pelo y le caía sobre los hombros como una cascada oscura.
¿Te gusta?, preguntó, y había en su voz una vulnerabilidad que me encogió el corazón. Porque debajo de aquella armadura de encaje y seda seguía estando mi mujer, la madre de mis hijos, la que se dormía en el sofá viendo la tele, y eso la hacía infinitamente más deseable que cualquier fantasía.
Eres lo más bonito que he visto en mi vida, respondí, y lo decía en serio. Ella se acercó despacio, con la seguridad de quien conoce cada rincón de un cuerpo y sabe exactamente dónde tocar para encender cada nervio. Me quitó la copa de la mano, bebió un sorbo y me besó. El champán estaba frío, pero su boca ardía.
Nos besamos como si fuera la primera vez. Con esa mezcla de torpeza y urgencia que solo existe cuando el deseo lleva demasiado tiempo contenido. Le acaricié la espalda, siguiendo la línea de la columna con las yemas de los dedos, y noté cómo se le erizaba la piel. Ese escalofrío fue un recordatorio de que aún podíamos hacernos temblar.
La guié hacia la cama, enorme, con sábanas blancas que contrastaban con el negro de su ropa interior. Se tumbó y me miró desde abajo con los ojos entornados, y supe que aquella mirada era una puerta abierta a todo lo que habíamos dejado de hacer. Me arrodillé junto a ella y empecé a recorrer su cuerpo con los labios, despacio, tomándome todo el tiempo que la vida diaria nos robaba.
Besé el interior de sus muñecas, la curva de su codo, el hueco tierno entre el cuello y el hombro. Ella suspiraba y sus dedos se aferraban a las sábanas como si necesitara anclarse a algo sólido. Bajé por su vientre, acariciando la piel entre las cintas del liguero, y cada beso arrancaba un pequeño temblor de sus caderas.
Te he echado de menos, susurró, y entendí que no hablaba de distancia física sino de esa intimidad profunda que se nos había escapado entre pañales y reuniones de trabajo. Le sujeté la mano y entrelacé mis dedos con los suyos. Estoy aquí, le dije, y no voy a irme.
Lo que siguió fue un reencuentro en el sentido más literal. Nos redescubrimos como si nuestros cuerpos fueran territorios inexplorados: la marca de nacimiento en su cadera que yo había olvidado, la cicatriz de mi rodilla que ella besó con una ternura que me dejó sin respiración, esas zonas secretas que solo se revelan cuando el tiempo se detiene y no hay nada en el mundo salvo dos personas decididas a recordar por qué se eligieron.
Las luces de la ciudad nos bañaban con un resplandor dorado mientras hacíamos el amor con una lentitud deliberada, saboreando cada instante, cada caricia, cada gemido compartido. No había urgencia, solo la voluntad firme de grabar aquella noche en la memoria con tinta indeleble.
Después, tumbados entre sábanas revueltas, con la ciudad todavía brillando al otro lado del cristal y las copas de champán vacías sobre la mesilla, ella apoyó la cabeza en mi pecho y trazó círculos invisibles sobre mi piel. Tendríamos que hacer esto más a menudo, murmuró. Y yo pensé que no había inversión mejor en el mundo que una noche dedicada a redescubrir al amor de tu vida.
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