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Seducción

El masaje que cambió todo

Había sido una semana infernal. Informes, reuniones que no terminaban nunca, noches sin dormir mirando el techo mientras los problemas se apilaban en mi cabeza como platos sucios. Cuando una compañera me recomendó aquel sitio —te dejan como nueva, de verdad— reservé sin pensarlo. Necesitaba que alguien me sacara la tensión del cuerpo a base de manos expertas, nada más.

La sala estaba en penumbra. Velas de cera de soja perfumaban el aire con notas de ylang-ylang y sándalo, y una música suave —cuencos tibetanos, tal vez— envolvía la estancia como una manta sonora. La camilla era firme pero acolchada, cubierta con una sábana de algodón caliente que olía a lavanda. Me tumbé boca abajo, la cara en el hueco de la camilla, y cerré los ojos con un suspiro de alivio.

Cuando la puerta se abrió, supe por el sonido de sus pasos que era alguien que se movía con seguridad. Buenas tardes. Me llamo Daniel. Voy a empezar con los hombros, que me han dicho que es donde más acumulas tensión. Su voz era grave, pausada, el tipo de voz que baja el ritmo cardíaco sin proponérselo. Oí el sonido del aceite al verterse en sus palmas, el frotar de mano contra mano para calentarlo, y después sus dedos encontraron mis hombros.

La primera presión arrancó un quejido de mi garganta. Tenía nudos encima de los nudos, capas de estrés solidificado que sus pulgares empezaron a deshacer con una firmeza que bordeaba el dolor pero no lo cruzaba. Cada vez que encontraba un punto de tensión, se detenía, aplicaba presión circular, esperaba a que el músculo cediera y entonces avanzaba al siguiente. Era meticuloso, paciente, como un artesano que conoce su material.

El aceite se extendía por mi espalda con un calor que penetraba hasta el hueso. Sus manos bajaron por la columna vertebral, vértebra a vértebra, y yo fui soltando la tensión como quien abre grifos oxidados. Los omóplatos, las lumbares, los costados: cada zona recibía la misma atención dedicada, la misma combinación de fuerza y suavidad que me estaba convirtiendo en algo líquido.

Fue cuando llegó a la zona baja de la espalda cuando algo cambió. No fue un gesto brusco ni una transgresión evidente; fue más bien un cambio de ritmo, como cuando una melodía modula a otra tonalidad. Sus pulgares se deslizaron por el borde de las caderas, apenas un centímetro más allá de lo estrictamente terapéutico, y mi cuerpo respondió con un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

¿Todo bien?, preguntó. Perfecto, murmuré, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía. Sus manos continuaron, recorriendo mis piernas con movimientos largos y fluidos. Cuando llegaron a la cara interna de los muslos, su tacto se volvió más ligero, casi una caricia, y sentí cómo el calor se concentraba en mi centro con una intensidad que me sorprendió.

Mi cuerpo había tomado sus propias decisiones mucho antes de que mi cabeza pudiera procesarlas. La respiración se me había acelerado, los dedos de los pies se curvaban involuntariamente con cada pasada de sus manos, y una tensión completamente distinta —deliciosa, eléctrica— estaba reemplazando a la que él había deshecho.

Me pidió que me diera la vuelta. Obedecí con los ojos cerrados, vulnerable y expuesta bajo la sábana que ahora parecía demasiado fina. Sus manos empezaron por mis sienes, bajaron por el cuello, recorrieron las clavículas. Cada toque era una pregunta silenciosa y cada suspiro mío era una respuesta afirmativa. El aceite brillaba sobre mi piel a la luz de las velas y sentí que todo mi ser se había reducido a la superficie de mi cuerpo, a cada centímetro de piel que esperaba ser tocado.

Sus dedos se deslizaron por el esternón, bordearon las curvas de mi pecho con una delicadeza que me hizo apretar los dientes. Cuando sus pulgares rozaron mis costillas inferiores y descendieron por mi vientre, el aire se me atascó en la garganta. La presión era mínima, casi etérea, pero el efecto era devastador. Mi espalda se arqueó ligeramente, buscando más contacto, y él respondió con una presión un poco más firme que me arrancó un gemido que no pude contener.

Respira, susurró, y su aliento caliente rozó mi oído. Respiré, o lo intenté, pero cada inhalación traía consigo la fragancia del aceite mezclada con algo que era puramente él —madera, piel caliente, deseo—. Sus manos se movían ahora con una intención que ya no era terapéutica sino algo mucho más antiguo y más honesto.

No sé cuánto duró aquella sesión. El tiempo se disolvió en la penumbra de la sala como azúcar en agua tibia. Solo sé que cuando terminó, cuando sus manos finalmente se detuvieron y el silencio volvió a llenarse solo con la música de los cuencos, mi cuerpo vibraba con una frecuencia nueva, como una cuerda de guitarra que alguien ha afinado después de años en silencio.

¿Misma hora la semana que viene?, preguntó mientras yo me incorporaba, todavía flotando. Le miré a los ojos por primera vez —oscuros, inteligentes, con un brillo que lo decía todo— y sonreí. No me lo perdería por nada del mundo.


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