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Vacaciones en La Habana

Había llegado a La Habana con la intención de perderme. No de manera dramática, sin el peso de ninguna historia que curar ni ninguna revelación que encontrar. Simplemente quería estar en un lugar donde nadie supiera mi nombre y donde el tiempo funcionara de otra manera. En eso, La Habana es incomparable.

Me perdí el segundo día, a las seis de la tarde, en un bar del Vedado que no tenía letrero visible y al que llegué siguiendo el sonido de un son que salía por una ventana abierta. El ventilador de techo giraba con la pereza suficiente para mover el aire sin enfriarlo, y la luz era del color exacto del ron con hielo: ámbar oscuro y cálido.

Yasmin estaba al otro lado de la barra.

Limpiaba un vaso con una lentitud que parecía calculada para que uno no pudiera dejar de mirarla. Tenía el pelo rizado recogido con un pañuelo de flores, una blusa blanca que contrastaba con su piel oscura, y unos brazos que se movían con la economía de quien lleva toda la vida detrás de una barra y ha encontrado en ese movimiento una coreografía propia.

«¿Qué vas a tomar?», preguntó sin levantar la vista del vaso.

«Lo que me recomiendes.»

Entonces sí levantó la vista. Sus ojos eran oscuros con destellos que cambiaban según el ángulo de la luz, y tenía la costumbre de mantener la mirada dos segundos más de lo estrictamente necesario, lo justo para que uno se preguntara si había querido decir algo más de lo que las palabras decían.

«Los turistas siempre piden mojito», dijo. «Te voy a hacer algo mejor.»

Lo que llegó fue un vaso largo con algo que sabía a hierba fresca, lima, aguardiente y algo más que no supe identificar.

«¿Qué es?», pregunté.

«No tiene nombre», dijo. «Lo inventé yo.»

Pasé tres horas en aquel taburete. Yasmin atendía a los demás clientes con la misma eficiencia fluida, pero siempre volvía. Cada vez que volvía, la conversación recogía exactamente el hilo donde lo había dejado, sin necesidad de repeticiones ni de recapitulaciones. Era una habilidad que tienen pocas personas: la de saber dónde estabas y llevarte de vuelta sin que lo notes.

Me habló de La Habana con el amor sin idealizaciones de quien la conoce de verdad: los apagones, el ingenio obligatorio de vivir con lo que hay, la música como lengua materna, el mar siempre presente aunque no siempre visible. Me habló de sus viajes a Trinidad y a Santiago, de su abuela que tocaba el tres con una mano mientras cocinaba con la otra, de los veranos de infancia en Varadero cuando las playas todavía eran de todos.

A las nueve cerró el bar para los de fuera. Quedamos cuatro personas dentro, sin que nadie lo hubiera decidido explícitamente.

Yasmin se sirvió algo del mismo vaso sin nombre y se apoyó en la barra de frente, cruzando los brazos sobre el mostrador.

«¿Cuánto tiempo te quedas?», preguntó.

«Dos semanas.»

«Entonces tienes tiempo de ver algo que no está en las guías.»

«¿Me lo enseñas tú?»

Consideró la pregunta con la misma seriedad con que había considerado qué ponerme en el vaso.

«Si no tienes prisa y si sabes escuchar», dijo finalmente.

«Tengo tiempo para las dos cosas.»

Sonrió. Era una sonrisa que empezaba en los labios y tardaba un segundo en llegar a los ojos, y cuando llegaba cambiaba completamente la geometría de su cara.

Las dos semanas siguientes las viví de una manera que solo es posible cuando alguien que conoce un lugar de verdad decide mostrártelo. Yasmin me llevó a barrios donde el tiempo parecía haberse detenido en 1958, a patios interiores donde las familias cocinaban con las puertas abiertas, a playas sin turistas donde el agua era tan clara que podías ver el fondo a tres metros de profundidad.

Y cada noche, de vuelta al barrio del Vedado, el ventilador giraba sobre nuestras cabezas y La Habana nos rodeaba con su ruido específico: el son lejano, los coches viejos, el mar que respiraba a dos kilómetros.

El último día, en el aeropuerto, Yasmin me acompañó hasta donde la dejan llegar. Nos despedimos como se despide la gente que sabe que lo que vivió fue real y que eso es suficiente.

«Vuelve cuando puedas», dijo.

«Vuelvo», dije.

Y lo dije sabiendo que era verdad, porque hay lugares en el mundo que te cambian el orden de las cosas por dentro, y La Habana con Yasmin había sido uno de ellos.


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