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Lésbico

Primera vez con otra mujer

Siempre había estado ahí, agazapada en algún rincón de mi imaginación como un gato dormido que de vez en cuando entreabría un ojo: la curiosidad. Esa pregunta sin formular que aparecía cuando veía a una mujer especialmente bella, cuando una amiga me abrazaba un segundo más de lo necesario, cuando en una película dos mujeres se besaban y algo en mi estómago daba un vuelco que no se parecía a la incomodidad sino a todo lo contrario.

Andrea era profesora de literatura en la misma facultad donde yo daba clases de historia del arte. Nos habíamos hecho amigas durante las pausas del café, descubriendo que compartíamos el gusto por el vino blanco, las novelas de Almudena Grandes y esa necesidad de reírse alto que a veces molesta a los demás. Tenía los ojos de un marrón que tiraba a dorado cuando le daba el sol, el pelo corto y alborotado, y una forma de hablar con las manos que me hipnotizaba sin que yo entendiera exactamente por qué.

Fue una noche de julio. Ella me había invitado a cenar en su casa —un adosado con una terraza que daba a un jardín lleno de jazmín— y habíamos cocinado juntas una pasta con gambas mientras sonaba Luz Casal de fondo. La cena se alargó con una segunda botella de albariño y esa clase de conversaciones que solo surgen cuando el vino ha bajado las defensas y la noche es tan cálida que parece abrazarte.

Estábamos sentadas en el sofá de la terraza, con las piernas recogidas, mirando las estrellas a través de las ramas del limonero. El aire olía a jazmín y a verano, y había luciérnagas —sí, luciérnagas de verdad— parpadeando entre los arbustos como diminutas estrellas caídas. En algún momento, nuestras piernas se rozaron bajo la manta ligera que compartíamos, y ninguna de las dos la apartó.

¿Puedo hacerte una pregunta personal?, dijo Andrea con esa voz suya que bajaba medio tono cuando hablaba de cosas importantes. Asentí. ¿Alguna vez has besado a una mujer? Lo preguntó sin carga, sin presión, como quien pregunta si has probado un plato nuevo. Negué con la cabeza. Pero lo has pensado, añadió, y no era una pregunta.

La miré. Tenía la copa de vino entre los dedos, los labios ligeramente teñidos de dorado por el albariño, y me miraba con una mezcla de ternura y expectación que me dejó sin aliento. , admití, y al decirlo en voz alta sentí como si algo que llevaba años encerrado dentro de mí hubiera encontrado por fin la puerta de salida.

Lo que pasó después no fue un arrebato; fue una decisión suave y consciente, como dejarse caer en agua tibia. Ella se acercó despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme. Pero yo no quería apartarme. Quería saber cómo sabía su boca, cómo se sentía su piel contra la mía, si la realidad estaría a la altura de lo que había imaginado en secreto.

Sus labios rozaron los míos con una delicadeza que no había experimentado nunca. Era un beso diferente a todos los que había conocido: suave como un susurro, sin rastro de aspereza, con una ternura que me deshizo por dentro. Sabía a vino blanco y a fruta madura, y cuando profundizó el beso, sus dedos encontraron mi nuca y sentí una corriente eléctrica que me recorrió la espalda hasta la punta de los pies.

Nos separamos un instante. Busqué en su mirada alguna señal de que aquello era un error y solo encontré la misma curiosidad encendida que ardía en mí. ¿Estás bien?, preguntó acariciándome la mejilla. Estoy mejor que bien, respondí, y fui yo quien la besó esta vez, con más confianza, dejando que mi cuerpo guiara lo que mi cabeza aún intentaba procesar.

Sus manos eran una revelación. Conocían el cuerpo femenino de una forma que ningún hombre había demostrado: sabían exactamente dónde tocar, con qué presión, a qué ritmo. Me acarició los brazos, los hombros, bajó por mis costados con una lentitud exquisita que me tenía al borde de las lágrimas de pura anticipación. Cuando sus dedos encontraron la piel desnuda bajo mi camiseta, un gemido escapó de mi garganta que me habría avergonzado si no hubiera estado tan perdida en las sensaciones.

Nos movimos al interior sin dejar de tocarnos, tropezando con los muebles, riéndonos entre besos. En su habitación, con la ventana abierta al jardín de jazmín, nos fuimos desvistiendo con esa mezcla de urgencia y reverencia que acompaña a los descubrimientos importantes. Su cuerpo era diferente a todo lo que había conocido y al mismo tiempo extrañamente familiar, como si siempre hubiera sabido cómo sería sentirlo contra el mío.

Aquella noche aprendí un lenguaje nuevo. Un idioma hecho de caricias circulares, de labios que exploraban curvas en vez de ángulos, de piel contra piel sin la barrera de la diferencia. Andrea fue mi traductora paciente, guiándome con susurros y pequeños gemidos de aprobación cuando mis manos encontraban los caminos correctos. Y yo descubrí que mi cuerpo tenía respuestas que nadie había sabido preguntar hasta entonces.

Después, tumbadas entre sábanas que olían a nosotras, con el canto de los grillos entrando por la ventana y las luciérnagas todavía parpadeando en el jardín, Andrea me pasó los dedos por el pelo y murmuró: ¿Qué tal la respuesta a tu pregunta?

Sonreí contra su hombro. Creo que necesito seguir investigando, dije. Y su risa, cálida y cómplice, fue el sonido más bonito de todo aquel verano.


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