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Maduras

Confesiones de una madura

Tengo cuarenta y ocho años, dos divorcios a mis espaldas, una empresa que levanté con mis propias manos y la certeza absoluta de que nunca he disfrutado tanto del placer como ahora. A los veinte era guapa e insegura. A los treinta, atractiva y confusa. A los cuarenta y ocho soy una mujer que sabe exactamente lo que quiere, cómo lo quiere y cuándo lo quiere. Y eso, creedme, es el afrodisíaco más potente que existe.

Fue en la fiesta de cumpleaños de Marta, mi amiga de toda la vida, celebrada en el ático de su nuevo piso con vistas al puerto. Había copas de champán, música suave y esa mezcla de invitados que solo se da en las fiestas de Marta: empresarios, artistas, profesores universitarios y, por supuesto, algunos de los alumnos de su academia de danza.

Le vi apoyado en la barandilla de la terraza, con una cerveza en la mano y una sonrisa tímida que le hacía parecer incluso más joven de lo que era. Veintiocho años, supe después. Alto, con esos hombros anchos que da la natación y unas manos grandes y expresivas que se movían al hablar. Llevaba una camisa blanca remangada hasta los codos y unos vaqueros oscuros, nada pretencioso, nada forzado. Cuando nuestros ojos se encontraron por encima de las cabezas de los demás invitados, no desvió la mirada. La sostuvo. Y algo antiguo y electrizante se despertó en el fondo de mi vientre.

Fui yo quien se acercó. A estas alturas de la vida ya no espero a que las cosas pasen; las hago pasar. Tienes cara de estar pensando en escaparte, le dije apoyándome a su lado en la barandilla. Él sonrió —una sonrisa amplia, sin cálculo— y contestó: Estaba pensando en que eres la mujer más interesante de toda esta fiesta.

No era un piropo barato. Lo dijo mirándome a los ojos con una franqueza que me descolocó. Había algo en su forma de mirarme que iba más allá de la cortesía o el flirteo juvenil: era admiración genuina, esa clase de fascinación que los hombres jóvenes sienten ante una mujer que se siente cómoda en su propia piel.

Hablamos durante una hora. De viajes, de libros, de la diferencia entre vivir y existir. Me hacía preguntas inteligentes y escuchaba las respuestas como si cada palabra fuera valiosa. Cuando le conté que había vivido dos años en Buenos Aires, sus ojos se iluminaron. Cuando le hablé de mi empresa, no mostró esa incomodidad que algunos hombres sienten ante una mujer exitosa. Me deseaba precisamente por todo lo que yo era, no a pesar de ello.

La fiesta fue vaciándose y nosotros seguíamos en la terraza, cada vez más cerca, cada vez con menos espacio entre nuestros cuerpos. En algún momento su mano encontró la mía y entrelazamos los dedos con la naturalidad de quienes ya saben lo que va a pasar. Podríamos tomar la última copa en algún sitio más tranquilo, sugerí, y mi voz no tembló ni un ápice.

En el taxi, su mano descansaba en mi muslo con una mezcla de respeto y deseo contenido. Yo le miré de perfil —la mandíbula definida, el pulso latiendo en la garganta— y sentí una oleada de poder que me embriagaba más que todo el champán de la noche. Sabía que aquella situación le excitaba tanto como a mí, pero por razones diferentes: él descubría un territorio nuevo, yo volvía a uno que conocía de memoria pero con ojos renovados.

En mi apartamento, serví dos copas de vino mientras él miraba mis cuadros y mis estanterías con curiosidad genuina. No había torpeza en su actitud, pero sí cierta expectación, como un viajero ante un paisaje que ha imaginado muchas veces pero nunca ha visto en persona. Me acerqué a él y le acaricié la mejilla. Relájate, le dije. Esto va a ser muy bueno para los dos.

Y lo fue. Porque a los cuarenta y ocho años sabes que el placer no está en la prisa sino en la pausa. En la mirada sostenida mientras le desabrochaba la camisa botón a botón. En el temblor de sus manos cuando me bajó la cremallera del vestido y descubrió la lencería que había elegido aquella noche sin saber aún por qué —o tal vez sabiéndolo perfectamente—. En la forma en que contuve su urgencia con mis labios en su oído, susurrándole despacio, tenemos toda la noche.

Le enseñé lo que la experiencia me había regalado: que el cuerpo tiene su propio tempo, que cada zona tiene su momento, que la anticipación bien dosificada multiplica el placer hasta hacerlo casi insoportable. Él aprendió rápido, con esa entrega absoluta de quien sabe que está en manos de alguien que domina el arte. Y cuando finalmente nos encontramos sin barreras, sin telas, sin reservas, fue como una conversación en la que los dos teníamos mucho que decir y todo el vocabulario necesario para hacerlo.

Por la mañana, mientras él dormía con una expresión de paz que me hizo sonreír, preparé café y lo contemplé desde la puerta de la habitación. No era amor —los dos lo sabíamos—, pero era algo valioso: dos personas que se habían regalado una noche de placer honesto, sin pretensiones ni expectativas más allá del momento.

Cuando despertó y me vio con la taza de café y mi bata de seda, sonrió con esa sonrisa que ya empezaba a gustarme demasiado. Eres increíble, dijo. Y yo pensé que a los cuarenta y ocho años, por fin, estaba completamente de acuerdo.


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