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Maduras

La profesora particular

Susana llegó a mi piso un martes de octubre con un maletín de cuero marrón, una camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados y una seguridad en sí misma que llenaba las habitaciones antes de que ella terminara de cruzarlas. Tenía treinta y ocho años según el anuncio de la academia, una licenciatura en Filosofía y una manera de mirar que hacía que uno se preguntara si era él quien la estaba observando a ella o era ella quien llevaba un rato observándole a él.

Las clases eran para preparar el examen de acceso a un máster. Economía, estadística, algo de redacción. Cosas razonablemente áridas. Pero nada en las manos de Susana era árido.

La primera sesión duró dos horas. Llegó puntual, dispuso los materiales sobre la mesa del comedor con una eficiencia que rozaba lo estético, y empezó a explicar. Hablaba con una claridad que hacía que los conceptos se volvieran inevitables, como si la comprensión no fuera un logro sino una consecuencia natural de escucharla. De vez en cuando se levantaba para escribir algo en el papel, y yo aprovechaba esos momentos para observar la curva de su espalda, la forma en que su brazo se tensaba al escribir, la manera en que sus pies descansaban en el suelo con una solidez tranquila.

Al despedirse, me tendió la mano. Tenía el apretón de alguien que ha aprendido que los gestos dicen tanto como las palabras.

La segunda sesión fue diferente. Llegó con diez minutos de retraso, algo que, según descubriría más tarde, nunca le ocurría. Se disculpó brevemente y se sentó más cerca que la vez anterior, lo justo para que yo pudiera percibir su perfume: algo amaderado con un fondo especiado, discreto pero persistente. Cuando se inclinaba sobre mis apuntes para corregir algo, su pelo rozaba ocasionalmente mi hombro.

«Tienes tendencia a complicar las cosas que ya entiendes», me dijo en un momento dado, sin apartar los ojos del papel. «Como si sintieras que lo simple no puede ser correcto.»

Levantó la vista hacia mí. Sus ojos eran del color del café claro, con algo más oscuro en el centro.

«En esto», añadió, «y probablemente en más cosas.»

No supe qué responder. Ella ya había vuelto al texto.

En la tercera sesión, cuando ya llevábamos una hora de trabajo, Susana cerró el libro que tenía delante y se recostó ligeramente en la silla. Era un gesto pequeño, pero marcó un cambio de registro tan claro como si alguien hubiera bajado la intensidad de la luz.

«¿Puedo preguntarte algo que no tiene nada que ver con el temario?», dijo.

«Claro.»

«¿Por qué quieres hacer este máster?»

Me sorprendió la pregunta. Le respondí con honestidad, más de lo que esperaba: habié de un trabajo que me asfixiaba, de algo que quería cambiar, de la sensación de que había dejado pasar demasiado tiempo haciendo cosas que no elegía.

Ella escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, asintió despacio.

«Eso es lo que quería saber», dijo. «Ahora ya sé cómo enseñarte.»

Desde esa noche, las clases cambiaron. Susana no solo explicaba conceptos; construía conversaciones en las que los conceptos eran el pretexto y la persona que había al otro lado del texto era el verdadero objeto de atención. Aprendí cosas del temario, sí. Pero aprendí otras cosas también: que la paciencia puede ser una forma de deseo, que la seguridad en alguien mayor puede resultar absolutamente magnética, y que hay personas que enseñan con todo el cuerpo, no solo con las palabras.

La séptima sesión acabó tarde, casi a las once de la noche. Recogimos en silencio. En la puerta, ya con el maletín en la mano, Susana se detuvo y me miró de una manera diferente a todas las anteriores.

«La semana que viene», dijo, «creo que deberíamos cambiar de aula.»

«¿Cambiar de aula?»

Sonrió. No era una sonrisa de profesora.

«Esta mesa es demasiado pequeña para todo lo que todavía tienes que aprender.»

Bajó las escaleras sin esperar respuesta. Y yo me quedé en el umbral de la puerta, con la certeza de que el examen para el que me estaba preparando era mucho más interesante de lo que imaginaba cuando colgué el teléfono de la academia.


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