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Teléfono

La llamada de medianoche

Eran las doce y cuarto de un martes cuando sonó el teléfono. No era el móvil, sino el fijo, ese aparato que ya casi nadie usa y que yo mantenía enchufado por costumbre o por superstición. La pantalla mostraba un número desconocido, un prefijo que no era de ninguna ciudad que reconociera. Estuve a punto de no coger. Luego algo —instinto, curiosidad, el aburrimiento de otra noche sin sueño— hizo que pulsara el botón verde.

«Sé que estás despierto», dijo la voz.

Era una voz de mujer, baja y ligeramente ronca, como si llevara horas hablando o como si acabara de despertar de un sueño agradable. No había pregunta en esa frase, ninguna duda. Solo la certeza tranquila de quien sabe exactamente lo que está haciendo.

«¿Quién eres?», pregunté. Mi propia voz sonó más grave de lo habitual en el silencio del apartamento.

«Alguien que también está despierta», respondió. Y añadió, después de una pausa que se extendió como miel: «¿No te parece que a estas horas el mundo le pertenece a los que no pueden dormir?»

Me recosté en el sofá, el teléfono pegado a la oreja, y me di cuenta de que la tensión que había llevado en los hombros todo el día empezaba a disolverse. Había algo en aquella voz que neutralizaba la resistencia, que invitaba a bajar la guardia sin que pudieras identificar exactamente cómo lo hacía.

«Cuéntame algo», dije, sin saber muy bien por qué.

«¿Qué quieres que te cuente?»

«Cualquier cosa. Lo que se te ocurra.»

Hubo un silencio breve, pensativo. Después empezó a hablar. Me habló de una ciudad costera en agosto, de la luz que cambia a las nueve de la noche y pinta las fachadas de color naranja, de la sensación de caminar descalza por la arena todavía caliente después de que el sol se ha ido. Hablaba despacio, con pausas que dejaban espacio para imaginar, y yo lo imaginaba todo: el olor a salitre, el sonido de las olas, la textura de su voz mezclada con el murmullo del mar.

«¿Estás ahí?», preguntó.

«Estoy», dije. «Sigue.»

La conversación derivó de forma natural, sin saltos bruscos, como un río que encuentra su cauce. Empezamos hablando del mar y acabamos hablando de la piel, de cómo el tacto tiene memoria, de cómo el cuerpo recuerda lo que la mente a veces olvida. Ella describía con una precisión casi táctil: el calor de una mano en la nuca, el peso de alguien tumbado a tu lado, la temperatura exacta de unos labios en el hombro al amanecer.

Yo respondía, primero con monosílabos, después con frases completas, después con algo que se parecía a la complicidad. Le conté cosas que no había contado a nadie, no porque fueran secretos guardados con celo sino porque nunca había encontrado el momento ni el interlocutor adecuado. Ella escuchaba de verdad, hacía las preguntas precisas, y cuando hablaba después de escucharme era como si sus palabras hubieran absorbido algo de lo mío y lo devolvieran transformado.

A la una y cuarto ya no recordaba por qué no podía dormir.

«Tengo que dejarte», dijo finalmente. «Pero antes de que cuelgues, quiero que hagas algo.»

«¿Qué?»

«Cierra los ojos. Respira despacio. Y deja que lo que acabas de imaginar se quede contigo esta noche.»

Lo hice. Cerré los ojos mientras ella todavía estaba al teléfono, y por un momento sentí su presencia tan claramente como si estuviera en el mismo cuarto. El perfume imaginado, el calor imaginado, la mano imaginada en mi pecho.

Cuando abrí los ojos, la línea estaba en silencio. Pero no era el silencio vacío de antes. Era el silencio lleno de quien acaba de compartir algo real con alguien real, aunque el nombre no sea conocido y el rostro no tenga forma todavía.

Aquella noche dormí de un tirón hasta las ocho de la mañana. Y al despertar, lo primero que pensé fue que no recordaba la última vez que había dormido tan bien.

El número seguía en el registro de llamadas. Durante tres días lo miré sin marcarlo. Al cuarto día, a las doce y cuarto, el teléfono volvió a sonar.

«Sabía que ibas a estar despierto», dijo la voz.


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