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Parejas

La fiesta de disfraces

La propuesta fue de Elena un sábado por la mañana mientras desayunábamos. Nos habían invitado a la fiesta de disfraces de un grupo de sus amigos y ella llevaba una semana con cara de estar maquinando algo.

«Quiero que vayamos por separado», dijo, removiendo el café. «Y sin decirle al otro de qué va disfrazado.»

«¿Para qué?»

Me miró por encima de la taza con esa expresión que tiene cuando sabe exactamente lo que quiere y espera que yo llegue a la misma conclusión por mi propio camino. «Para reencontrarnos como dos extraños. Para ver si todavía nos reconocemos cuando no sabemos que somos nosotros.»

Llevábamos cuatro años juntos. Era una propuesta extraña y completamente lógica al mismo tiempo.

Acordamos las reglas en diez minutos: llegábamos por separado, con una hora de diferencia, con disfraces que el otro no pudiera identificar fácilmente. Si nos encontrábamos, ninguno de los dos debía revelar su identidad hasta que el otro lo descubriera solo. Y si alguno decidía que no quería ser encontrado, podía jugar a ser un desconocido durante toda la noche.

Yo llegué primero, disfrazado de oficial naval del siglo dieciocho: casaca azul con charreteras doradas, sombrero de tres picos y una máscara negra que cubría la mitad superior del rostro. Era un disfraz alquilado que había elegido precisamente por su capacidad de ocultar.

El piso estaba lleno cuando llegué. Luces de colores, música en el límite entre el fondo y la conversación, el olor mezclado de perfume, tabaco y algo dulce que venía de la cocina. Me moví entre los grupos con la comodidad artificial de quien lleva puesta una identidad prestada.

La vi a la una y cuarto.

Estaba de espaldas a mí, hablando con dos personas que no reconocí. Llevaba un vestido largo de color borgoña, ajustado hasta la cadera, con una máscara de plumas rojas y doradas que le cubría los ojos y la nariz. El pelo recogido con varios mechones sueltos que caían sobre su cuello. Era Elena, lo sabía, pero mi cuerpo respondió como si no lo supiera: algo se tensó en el estómago, algo que llevaba tiempo sin sentir de esa manera.

Me acerqué desde un ángulo que me mantuviera fuera de su campo visual. Me coloqué a su lado en la barra, pedí algo de beber y esperé.

Tardó treinta segundos en girar la cabeza. Cuando lo hizo, sus ojos pasaron por mí con la mirada con que se pasa por los desconocidos. Luego volvieron. Se detuvieron.

«Bonito disfraz», dijo. Su voz tenía algo diferente, más bajo que de costumbre, más medido.

«El tuyo también», respondí.

Hubo una pausa. «¿Nos conocemos?»

«No lo sé todavía.»

La vi sonreír ligeramente bajo la máscara. «Buena respuesta.»

Pasamos la siguiente hora hablando como dos personas que se acaban de conocer en una fiesta. Me contó cosas de sí misma con un nivel de detalle que nunca usaba cuando hablaba conmigo, como si el disfraz le diera permiso para ser más explícita sobre lo que quería y lo que le gustaba. Yo hice lo mismo. Construimos versiones de nosotros mismos que eran verdaderas pero que habíamos guardado en cajones por años de convivencia y rutina.

A las tres de la mañana, en el balcón, con las máscaras bajadas y los dos sabiendo desde hacía tiempo quién era el otro, Elena se giró hacia mí con una expresión que no le veía desde hacía mucho.

«¿Cómo es que no te conocía?», dijo.

«Me conocías», respondí. «Solo que esta noche te presentaron la versión sin costumbres.»

Tardamos mucho en volver a casa. Y cuando llegamos, no encendimos las luces.


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