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Cornudos

La despedida de soltera

Elena me lo planteó tres semanas antes de la boda, una noche de domingo mientras cenábamos con las ventanas abiertas al verano. Lo dijo sin rodeos, con esa manera directa suya que siempre me había parecido una de sus cualidades más hermosas. Me dijo que quería que su despedida de soltera fuera de verdad una despedida: una última noche completamente libre, sin límites, sin rendir cuentas. Y que quería pedirme permiso porque le importaba más mi respuesta que cualquier otra cosa.

Me quedé en silencio durante un rato. No era una pregunta sencilla. Era, en realidad, una de las preguntas más complejas que alguien puede hacerle a otra persona, porque debajo de las palabras había capas que ninguno de los dos sabíamos todavía.

Le dije que sí.

No sé exactamente por qué. Hubo algo en su honestidad que me desarmó, algo en la manera en que me miró mientras esperaba mi respuesta que hizo que la negativa se disolviera antes de formarse. Le dije que sí, que la amaba y que confiaba en ella, y que si aquello era lo que necesitaba para llegar a nuestra boda sin ningún peso sin resolver, entonces era lo correcto.

Elena sonrió de una manera que no le había visto antes. No era alegría exactamente: era algo más profundo, más agradecido, más íntimo. Se levantó, rodeó la mesa y me abrazó de pie durante un largo rato sin decir nada.

La noche de la despedida llegó el sábado siguiente. Sus amigas pasaron a buscarla a las nueve. Yo la vi salir vestida con un sencillo vestido negro, el pelo suelto, los ojos brillantes de anticipación, y algo se movió en mi interior que no era únicamente amor.

Me quedé solo en el apartamento. Intenté leer, ver algo en la televisión, dormir. No pude hacer ninguna de las tres cosas. Mi mente construía escenas sin que yo se lo pidiera: Elena en algún bar oscuro, Elena bailando, Elena mirando a alguien con esa mirada que yo conocía bien pero que esa noche estaba dirigida hacia otra persona. Y lo extraño, lo completamente inesperado, fue que esas imágenes no me producían el dolor que habría anticipado. Producían otra cosa. Una tensión extraña y electrizante que no tenía nombre en el vocabulario que yo había usado hasta entonces.

Llegó a las cuatro de la mañana. Yo estaba despierto, sentado en la oscuridad de la sala. Cuando abrió la puerta y me vio allí, su expresión fue de sorpresa primero y después de algo que parecía alivio.

Se sentó a mi lado sin encender ninguna luz. Durante un momento ninguno de los dos habló.

«¿Quieres saber?», preguntó finalmente.

Lo pensé durante tres segundos exactos. «Sí», dije.

Y Elena me lo contó todo. Con una honestidad que me fue quitando el aire poco a poco, con una precisión de detalles que era a la vez dolorosa y, de manera que todavía me cuesta explicar, profundamente excitante. Me habló del sitio al que fueron, de la música, del momento en que un desconocido empezó a bailar con ella y de cómo ella no se apartó. Me habló de lo que siguió con una voz serena, sin culpa, mirándome a los ojos en todo momento.

Yo escuchaba y sentía cómo mi cuerpo respondía de maneras que mi cabeza no había autorizado. Había algo en escuchar su voz describiendo aquello, en la intimidad extraña de ese momento entre nosotros, que era más erótico que cualquier cosa que hubiéramos compartido en meses.

Cuando terminó, el silencio duró un momento.

«¿Estás bien?», preguntó ella.

No era la pregunta que esperaba. Tenía sus propias respuestas preparadas para la rabia, para los reproches, para las lágrimas. No para aquella pregunta tranquila, casi tierna.

«Estoy bien», dije. Y era verdad de una manera complicada que los dos entendimos sin necesidad de más palabras.

Lo que ocurrió después, en la oscuridad de nuestra habitación mientras el amanecer empezaba a filtrarse por las persianas, fue distinto a todo lo que habíamos vivido antes. Como si la noche entera —su honestidad, mi permiso, la historia que ella había traído de vuelta consigo— hubiera creado entre nosotros un espacio nuevo, más amplio, más honesto, donde cabían cosas que antes no habíamos sabido nombrar.

Nos casamos dos semanas después. En la fotografía del altar, Elena sonríe con esa sonrisa que apareció aquella noche de domingo cuando le dije que sí. Y yo la miro sabiendo que hay capas en esa sonrisa que el fotógrafo no puede capturar, que son solo nuestras, que forman parte del lenguaje secreto de lo que somos juntos.

No me arrepiento de nada. Ni siquiera de las imágenes que construyó mi cabeza aquella noche mientras esperaba. Especialmente de eso.


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