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Encuentros

Encuentro en el gimnasio

El gimnasio a las once de la noche tiene una atmósfera propia. Las luces son más frías, el sonido de las máquinas resuena de forma diferente en una sala casi vacía, y el sudor huele a algo más honesto que a las seis de la tarde cuando el local está lleno. Era miércoles y quedaban menos de cuarenta minutos para el cierre. Había elegido ese horario precisamente por el silencio.

Casi vacío. Casi.

Cuando salí de los vestuarios había otro hombre en la zona de peso libre. De espaldas, con una barra cargada sobre los hombros, ejecutando sentadillas con una lentitud deliberada que delataba a alguien que sabe exactamente lo que hace y por qué lo hace. Era alto, con la espalda ancha y los hombros definidos por años de trabajo constante, no por semanas de esfuerzo apresurado.

Me coloqué frente a la mancuernera, de cara al espejo. Él estaba en el reflejo, a tres metros, todavía de espaldas. Empecé mi serie. Y entonces él terminó la suya, se incorporó y nuestros ojos se encontraron en el espejo.

Ninguno de los dos apartó la mirada.

Duró quizá tres segundos. Puede que cuatro. Después él bajó la cabeza para ajustar el peso de la barra y yo continué con mis mancuernas. Pero algo había ocurrido en esos tres o cuatro segundos que cambió la temperatura del aire entre nosotros.

Nos movimos por la sala con esa consciencia silenciosa que tienen dos personas que saben que se están observando mutuamente sin admitirlo. El ritmo de mis series se había vuelto más preciso, más deliberado. Cargué más peso del habitual, no porque lo necesitara sino porque quería que se viera que podía. Él hizo lo mismo, o al menos eso me pareció: sus movimientos tenían algo de performance controlada, de energía que buscaba una dirección.

Coincidimos en la zona de estiramientos. Había espacio de sobra, pero eligió el sitio junto a mí. Se tumbó en la colchoneta y empezó a estirar la espalda con los brazos extendidos. A treinta centímetros de distancia, yo podía ver la textura de su piel en el cuello, la forma en que sus músculos se relajaban con cada exhalación.

«Llevas un rato mirándome», dijo. Sin girar la cabeza, en voz baja, con la naturalidad de quien constata un hecho.

«Tú también», respondí.

Ahora sí se giró. De cerca, sus ojos eran grises con algo verdoso en los bordes. Tenía una pequeña cicatriz en la ceja izquierda y una manera de sostener la mirada que no era agresiva sino profundamente directa.

«¿Siempre vienes a estas horas?», preguntó.

«Cuando quiero que no haya gente», dije.

Algo cruzó su expresión, breve y claro. «Yo igual.»

El encargado pasó por la sala anunciando el cierre en quince minutos. Nos incorporamos los dos al mismo tiempo, recogimos nuestras cosas en paralelo, sin hablar. En los vestuarios había dos duchas libres, separadas por una mampara de plástico traslúcido. El vapor llenó el espacio rápidamente, borrando los contornos y creando una intimidad de sauna que ninguno de los dos había buscado pero ninguno evitó.

Cuando salimos a la calle, la noche de marzo mordía con ganas. Él se detuvo en la acera y sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta. Me lo tendió, pantalla hacia arriba, con los contactos abiertos.

«Por si alguna noche coincidimos», dijo.

Introduje mi número. Me devolvió el móvil y lo guardó sin mirar la pantalla. Nos dijimos buenas noches con esa economía de palabras que usan los hombres que no necesitan más.

Caminé hasta el coche con la sensación de que el frío era mucho menos intenso de lo que marcaba el termómetro. Y al llegar a casa, antes de que hubiera pasado media hora, recibí un mensaje sin texto, solo una hora: «23:00. Miércoles.»

El miércoles siguiente fui puntual.


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