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Cornudos

El vecino de arriba

Vivimos en el cuarto. Él vive en el quinto. Llevamos tres años en el mismo edificio y la relación siempre había sido la de vecinos correctos: un saludo en el portal, alguna conversación breve en el ascensor sobre el tiempo o el ruido de las obras de la calle. Rodrigo, así se llama. Treinta y pocos años, trabaja en algo relacionado con el diseño, sale tarde y llega tarde.

Yo trabajo desde casa. Clara tiene horario de oficina y suele llegar a las siete. Esa dinámica había sido siempre perfectamente ordinaria hasta que dejó de serlo.

Fue una noche de febrero. Yo estaba leyendo en el sofá, la casa en silencio, cuando empecé a escuchar algo sobre mi cabeza. Los techos de estos edificios transmiten el sonido de una manera particular: no con claridad, sino como un rumor apagado que la mente puede ignorar o no, según decida. Aquella noche mi mente decidió no ignorarlo.

Al principio pensé que era el televisor. Luego reconocí la voz de Clara.

Me quedé paralizado. El libro se quedó abierto sobre mis rodillas, sin que ninguna letra tuviera sentido. Aquella voz apagada que llegaba del techo era inconfundiblemente la de mi mujer, y el tono en que hablaba, esa cadencia baja y desinhibida, no era el tono de ninguna conversación ordinaria.

Lo primero que sentí fue una sacudida de incredulidad. Luego algo que tardé en identificar como rabia, pequeña y cortante. Luego otra cosa que no esperaba: una quietud extraña, como si el tiempo se hubiera ralentizado y yo pudiera observarlo todo desde una distancia que no me correspondía.

No subí al quinto. No llamé a Clara. Me quedé en el sofá sin moverme, escuchando ese rumor que llegaba del techo como un código en un idioma que yo no debería entender, y sentí cómo mi cuerpo respondía de maneras que mi razón no autorizaba.

Había algo en aquella situación, en el anonimato forzado de escuchar sin ver, en el espacio que separaba mi ignorancia de la certeza, que activaba algo en mí que no sabía que existía. Una excitación oscura y desorientadora que coexistía, de manera completamente irracional, con el dolor. Las dos cosas a la vez, sin cancelarse mutuamente.

Clara llegó a las once. Entró al apartamento con una normalidad que me desconcertó: se quitó el abrigo, me preguntó si había cenado, fue a la cocina a beber agua. Yo la observé desde el sofá con una atención nueva, buscando en sus gestos algo que confirmara o desmintiera lo que creía haber entendido.

No le dije nada esa noche. Ni esa noche ni las siguientes.

Pero algo había cambiado entre nosotros sin que ninguno de los dos lo hubiera nombrado. Yo miraba a Clara de manera diferente: con una intensidad nueva, con una conciencia agudizada de cada detalle suyo. Y ella, sin saber que yo sabía, o sin saber que yo sospechaba, parecía también diferente: más presente, más viva, con una energía que se colaba en los pequeños gestos de la convivencia diaria.

Semanas después, una tarde que los dos estábamos en casa, escuchamos los pasos de Rodrigo sobre nuestras cabezas. Clara alzó los ojos al techo con un gesto completamente natural, y yo la estaba mirando en ese momento. No fue la culpa lo que vi en su cara: fue algo más sutil, más complejo, una microexpresión que duró menos de un segundo pero que yo capturé porque llevaba semanas aprendiendo a leer aquella cara con una atención que antes no tenía.

Nuestras miradas se cruzaron. Ella leyó algo en la mía. Lo supe porque su respiración cambió, apenas perceptiblemente, y desvió los ojos con una lentitud que no era indiferencia.

Esa noche, en la oscuridad del dormitorio, hablamos. No con palabras al principio: con silencios que se fueron haciendo más cargados hasta que ella preguntó, con voz muy baja, si yo sabía algo. Le dije que sospechaba. Que había escuchado el rumor del techo aquella noche de febrero.

El silencio que siguió fue diferente a todos los anteriores. Más honesto. Más peligroso.

Clara me lo contó con cuidado, midiendo cada palabra, mirándome en todo momento para leer mi reacción. Y yo la escuchaba y sentía aquella mezcla imposible de emociones que ya no me sorprendía: el dolor pequeño y real, y debajo de él, persistente e innegable, aquella excitación que no había pedido y que no se iba.

Le dije lo que sentía. Todo. Incluso lo que me avergonzaba. Especialmente lo que me avergonzaba.

Clara me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, se acercó a mí con una lentitud deliberada y me tomó la cara entre las manos.

«Nunca imaginé que esto pudiera hacernos más cercanos», dijo.

Yo tampoco. Pero allí estábamos: más cerca el uno del otro que en años, construyendo algo nuevo sobre la grieta que pensábamos que nos había roto, descubriendo que a veces las fisuras no son el final de las cosas sino su parte más interesante.

Rodrigo sigue viviendo en el quinto. Nos saludamos en el portal como siempre. Pero ahora, cuando sus pasos resuenan sobre nuestras cabezas por la noche, Clara y yo intercambiamos una mirada que contiene todo un idioma privado que tardamos años en empezar a hablar.


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