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BDSM

El juego de la sumisión

Las reglas se establecieron mucho antes de aquella noche, durante una cena tranquila en un restaurante japonés, entre platos de sashimi y tazas de sake tibio. Fue él quien lo propuso, con esa mezcla de nerviosismo y excitación que tienen las confesiones íntimas. Quiero que tomes el control. Completamente. Lo dijo mirándome a los ojos, y en esos ojos vi algo que me encendió más que cualquier caricia: confianza absoluta.

Acordamos una palabra de seguridad —rojo, simple e inequívoca— y pasamos la semana siguiente intercambiando mensajes que iban subiendo de temperatura como una olla a fuego lento. Yo le mandaba instrucciones: qué ropa ponerse, a qué hora llegar, qué puerta usar. Él obedecía cada una sin cuestionarlas. Había descubierto que la anticipación, bien gestionada, es el preludio más poderoso que existe.

El viernes a las nueve en punto sonó el timbre. Cuando abrí la puerta, le encontré exactamente como le había pedido: camisa negra, pantalón oscuro, manos detrás de la espalda, mirada baja. Sonreí por dentro. El juego había empezado.

Entra. No hables a menos que te pregunte, le ordené con una voz que había estado ensayando toda la semana: firme, controlada, sin espacio para la duda. Él asintió y cruzó el umbral. Había preparado el salón con esmero: cortinas cerradas, velas dispuestas en puntos estratégicos que creaban un juego de luces y sombras, música ambiental grave que vibraba en el pecho como un segundo latido.

Le hice quedarse de pie en el centro de la habitación mientras yo caminaba a su alrededor, despacio, como una felina que evalúa a su presa. Podía ver cómo su pecho subía y bajaba con una respiración que intentaba controlar sin éxito. Le rocé el brazo con la punta de los dedos al pasar y vi cómo se le erizaba la piel. Aquel poder —el poder de provocar una reacción con un contacto mínimo— era embriagador.

Cierra los ojos, ordené. Los cerró. Saqué el pañuelo de seda que tenía preparado —negro, suave, opaco— y se lo até sobre los ojos con un nudo firme pero que no apretaba. A partir de ahora, solo existen mis manos y mi voz. El resto del mundo ha desaparecido.

Empecé por quitarle la camisa, botón a botón, sin prisa, dejando que cada centímetro de piel recién expuesta se enfrentara al aire fresco de la habitación. Él temblaba ligeramente, no de frío sino de esa tensión deliciosa que genera lo desconocido. Deslicé la camisa por sus hombros y la dejé caer al suelo. Luego recorrí su torso con las uñas —no lo bastante fuerte para dejar marca, sí lo suficiente para que cada terminación nerviosa gritara de atención— y su espalda se arqueó involuntariamente.

No te muevas, susurré junto a su cuello, y mis labios rozaron su piel al hablar. Obedeció, aunque pude ver cómo sus manos se cerraban en puños a los costados, luchando contra el impulso de tocarme. Esa resistencia, ese esfuerzo visible por mantenerse dentro de las reglas, me excitaba profundamente.

Le guié hasta la cama y le hice sentarse. Até sus muñecas a la cabecera con dos cintas de raso que había comprado aquella misma tarde —lo bastante suaves para no marcar, lo bastante firmes para que sintiera la restricción—. Tiró suavemente de ellas, probando los límites, y al comprobar que estaba inmovilizado dejó escapar un gemido bajo que me recorrió la columna vertebral.

Ahora vas a sentir, pero no vas a ver y no vas a tocar, le expliqué mientras me inclinaba sobre él. Todo lo que pase depende exclusivamente de mí. Tu único trabajo es disfrutarlo.

Empecé con un hielo. Lo saqué de la copa que había dejado preparada en la mesilla y lo deslicé desde la base de su cuello hasta su ombligo, trazando un camino de agua fría que contrastaba con el calor de su piel. Se sobresaltó —no esperaba el frío— y un sonido a medio camino entre el quejido y el gemido llenó la habitación. Inmediatamente después, seguí el mismo recorrido con mis labios calientes, y el contraste le arrancó un temblor que sacudió toda la cama.

Alternté sensaciones durante lo que debieron ser minutos pero que, para él, sin referencia visual ni control, probablemente parecieron horas. El filo suave de una pluma por su pecho. Mis dientes mordisqueando el lóbulo de su oreja. El peso de mi cuerpo sentándose sobre sus caderas, dejándole sentir mi calor a través de la tela pero sin permitir más contacto. Cada vez que intentaba levantar las caderas buscándome, yo me apartaba. Todavía no. Cuando yo decida.

La privación sensorial había amplificado cada sensación hasta límites que yo misma no había previsto. Su piel respondía al más leve roce como si fuera la primera vez que alguien la tocaba. Su respiración era un mapa sonoro de su excitación: jadeos cortos cuando le provocaba, inhalaciones largas cuando le daba un segundo de tregua, gemidos profundos cuando rozaba las zonas que había descubierto eran sus puntos más sensibles.

Por favor, dijo, rompiendo la regla del silencio, y su voz sonó tan deshecha que decidí perdonar la transgresión. ¿Por favor qué?, pregunté rozándole los labios con los míos. Más. Lo que tú quieras. Todo.

Y eso fue exactamente lo que le di. Porque el verdadero poder no está en negar, sino en decidir el momento perfecto para dar. Le quité la venda de los ojos y sus pupilas, dilatadas y salvajes, se encontraron con las mías. Mírame, ordené. No dejes de mirarme.

Lo que siguió fue intenso, profundo, y absolutamente bajo mi control. Cada movimiento, cada ritmo, cada pausa era una decisión mía, y él se entregaba con la devoción de quien ha descubierto que la rendición puede ser el acto más liberador que existe.

Después, mientras le desataba las muñecas y le acariciaba las marcas rojas del raso con besos suaves, él me abrazó con una fuerza que hablaba de gratitud y de algo más grande que no necesitábamos nombrar. Gracias, murmuró contra mi pelo. Gracias por hacer que confiar sea tan increíble.


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