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Encuentros

El desconocido del bar

No debería haber salido aquella noche. Tenía ropa por planchar, un informe a medio escribir y esa serie que todo el mundo comentaba esperándome en la pantalla del portátil. Pero había algo en el aire de aquel viernes de noviembre —un frío que mordía las mejillas, un cielo sin nubes lleno de estrellas— que me empujó a ponerme el vestido rojo, los tacones que solo uso en ocasiones especiales y a caminar hasta aquel bar de cócteles del centro que llevaba meses queriendo probar.

Me senté en el extremo de la barra, donde la luz era más tenue y podía observar sin ser demasiado observada. Pedí un gin-tonic —Hendricks, pepino, sin histrionismos— y me dejé envolver por el ambiente: música de jazz en vivo, conversaciones que se entrecruzaban como hilos de colores, el tintineo del cristal y el murmullo de la coctelera. Estaba bien así. Sola, tranquila, dueña de mi viernes por la noche.

Le sentí antes de verle. Un cambio sutil en el aire a mi izquierda, una presencia que alteraba el campo magnético del espacio. Cuando giré la cabeza, estaba ahí: apoyado en la barra con una naturalidad estudiada, pidiendo un whisky sin mirarme todavía. Llevaba un traje gris oscuro sin corbata, el cuello de la camisa desabrochado lo justo para insinuar la base del cuello, y tenía esa clase de mandíbula que parece esculpida para que las mujeres la recorran con la mirada.

Nuestros ojos se encontraron cuando el barman le sirvió su copa. Los suyos eran del color del caramelo quemado, intensos y directos, y me miraron como si yo fuera la única persona en todo el local. Levantó su vaso en un brindis silencioso. Yo respondí con el mío. Y ahí, en ese gesto mínimo y elegante, se firmó un pacto que ninguno de los dos necesitaba poner en palabras.

Se acercó sin pedir permiso —no el tipo de audacia grosera, sino la seguridad tranquila de quien lee las señales y sabe que son favorables—. Se inclinó hacia mi oído y susurró: Llevas el vestido equivocado para pasar desapercibida. Su voz era grave, con un acento que no logré ubicar —tal vez suramericano, tal vez simplemente suyo—, y su aliento cálido me rozó la oreja de una forma que me hizo cerrar los ojos un instante.

¿Quién dice que quiero pasar desapercibida?, respondí girando la cara lo suficiente para que nuestras narices casi se tocaran. Sonrió, y aquella sonrisa tenía un punto peligroso que me gustó de inmediato. No nos dijimos nuestros nombres. No hace falta conocer el nombre de un huracán para sentir su fuerza.

La conversación fluyó como el whisky en su vaso: densa, cálida, con un fondo que quemaba. Hablamos de ciudades, de noches memorables, de la diferencia entre soledad y estar solo. Cada frase era un paso más en una coreografía de seducción que los dos dominábamos. Había una electricidad entre nosotros que casi podía verse, un campo de fuerza que reducía el espacio entre nuestros cuerpos con cada minuto que pasaba.

En algún momento su mano encontró mi rodilla. No fue un gesto agresivo sino una pregunta formulada con la yema de los dedos, y mi pierna no se apartó. Su pulgar trazó un círculo lento sobre la tela del vestido y sentí cómo el calor subía por mi muslo hasta instalarse en el centro del cuerpo. Le miré a los ojos y vi reflejado exactamente lo mismo que yo estaba sintiendo: un deseo crudo, adulto, sin disfraces.

Podemos seguir aquí, dijo acercándose de nuevo a mi oído, o podemos ir a algún sitio donde no tenga que susurrar. Su mano seguía en mi rodilla, caliente y firme, y yo supe con una certeza animal que iba a irme con aquel desconocido cuyo nombre no conocía y cuya piel necesitaba sentir contra la mía.

Salimos a la calle fría y él me ofreció su chaqueta. Caminamos dos manzanas en silencio —un silencio cargado, elástico, lleno de promesas— hasta un hotel discreto que él parecía conocer. En el ascensor, me acorraló contra la pared con una suavidad que contrastaba con la urgencia de su mirada. Me besó por primera vez ahí, entre dos pisos, y su beso sabía a whisky y a la clase de peligro del que no quieres escapar.

La habitación era un paréntesis en el tiempo. Nos desnudamos sin prisas pero sin pausas, descubriendo el cuerpo del otro como exploradores en territorio nuevo. Sus manos eran exactamente lo que prometen: grandes, seguras, capaces de ser tiernas y firmes en la misma caricia. Recorrió mi cuerpo como si estuviera memorizándolo, como si supiera que solo tendría aquella noche y quisiera aprenderse cada centímetro.

Nos devoramos con la intensidad de dos desconocidos que no tienen pasado común ni futuro compartido, solo un presente incandescente. Cada beso era el primero y el último, cada caricia tenía la urgencia de lo irrepetible. Nos reinventamos varias veces a lo largo de la noche, cambiando de ritmo, de posición, de intensidad, como músicos improvisando una pieza que jamás se tocaría igual.

Cuando amaneció, él ya no estaba. Solo quedaba la marca de su cabeza en la almohada, el aroma de su colonia en las sábanas y una nota escrita a mano en el papel del hotel: Gracias por la mejor noche que no necesita nombre.

Sonreí, me puse el vestido rojo arrugado y salí a la calle con la luz dorada del amanecer acariciándome la cara. No sabía quién era, no volvería a verle, y eso era exactamente lo que hacía que aquella noche fuera perfecta.


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